Abuelo
¿Dónde se habría metido ese viejo loco? Hacia rato que lo buscaba y como siempre, le gustaba divertirse observando como yo, preocupada lo llamaba y trataba de encontrarlo por todos los rincones de la casa. Su vuelta a la niñez era cosa de pocos años, primero comenzó jugando con la comida: “guerritas… ¡la sopa voladora!” y el ‘cuajao’ de la risa, viéndome limpiar los restos de comida de que habían ido a parar a mi cara. Luego empezó a desobedecer, gritar, rebelarse y comportarse como un niño malcriado y majadero.
—Abuelo Teodoro, ya basta, no estoy jugando, ven aquí ¡ahora mismo! — dije, casi gritando. Empezaba a colmar mi paciencia. A mis 21 años ya no soportaba esos juegos tan infantiles y estúpidos. Me resultaba tan increíble ver a un hombre que antaño había sido tan correcto, formal, intelectual y serio, convertido en un muchachito, algo rejuvenecido por la actitud ahora tan irreverente y vivaracha, pero insoportable… era como criar un niño. Y a mi todavía no me había tocado esa etapa, para estarla viviendo prematuramente y con mi abuelo, un hombre al que hasta hace poco respetaba, admiraba y hasta temía un poco.
Recorrí todos los acostumbrados escondites que utilizaba para hacerme enojar. Cuando pasé por el baño ubicado en el fondo de la casa, escuche la ducha abierta, podía oír el agua y un leve gemido, un lloriqueo casi en forma de susurro. Corrí abriendo la puerta muy asustada pensando que mi abuelo bañándose, quizás había resbalado con el piso resbaladizo, mientras entraba en el baño imaginaba a mi abuelo tirado en el suelo, llorando y con una herida en la cabeza mientras el agua en el fondo empezaba a tornarse roja…
Pero el cuadro que me encontré fue tan distinto, casi chistoso. El estaba sentado en una esquina del baño, intentando quitarse una de mis camisas más ceñidas. ¿Cómo diablos había logrado ponérsela? Quizás nunca llegue a saberlo. Lloraba de rabia, vergüenza y hastío, completamente sonrojado. Luchaba intentando quitarse la pieza de lycra que tercamente se negaba a salir de su cuerpo. Parecía un travesti fracasado y cansado.
—Abuelo… ven, déjame ayudarte.
—Margarita Concepción, sal en este mismo instante de aquí.
—Pero abuelo…
—¡Nada! yo puedo hacerlo solo, no te confundas, aún sigo siendo un hombre.

