Críticas ¿constructivas?
Cuando emprendemos un proyecto importante, descubrimos nuevos intereses, con mucho entusiasmo intentamos hacer/escribir/dialogar/leer… lo mejor posible. A cada paso vamos aprendiendo sutilmente o a coñazolimpio. Algunos muy enterados en el tema, intentan empaparte con todos sus conocimientos (con el riesgo de morir ahogados), otros, marcan tus errores, o alaban los “métodos” y “maneras” que usas.
Hay opiniones que calan muy bien, que te hacen sentir segura, orgullosa, con muchos ánimos para seguir (¡ojo! no hablo del fulano interés en ser escritores, sino de cualquier actividad que uno esté realizando, porque aquí en Obolog, sacando a todos aquellos que pueden tirarnos el curriculum en la frente, no hay “escritores reconocidos” ¿o si?)
Al llegar a aquellos puntos, en los cuales no se está de acuerdo con las ideas emitidas, llegan las malas-interpretaciones, y siempre, SIEMPRE, queda algo de resentimiento contra la persona que quizás, sin mucho tacto o para devolverte un golpe del pasado, utiliza algún error cometido para recordarte crudamente tus deficiencias.
Antes, yo era del tipo de persona que respondía a cada insulto o agresión que me hacían. Vivía molesta, mal-humorada y con algún veneno muy filoso en la lengua, listo para ser lanzado sin piedad a todo aquel que quisiera “hacerme daño” con la clásica táctica de irte revisando minuciosamente con lupa en mano. Lo que quiere decir, que para poder responderle, debía utilizar por mi parte, una lupa, cuanto más grande fuera, mucho mejor. Dejé de preocuparme por lo que a mí me gustaba y pasé a considerar más importante, batearle la pelota al otro (aún tengo fuertes recaídas) lo que me hizo igual o peor a lo que me causaba tanto disgusto (cuando somos estudiantes y sobro todo mientras entramos al campo laboral, la competitividad es feroz)
Mi rendimiento, antes de convertirme en “beisbolista” era mucho mejor que el de aquel presente. Allí, fue que me di cuenta que algo estaba pasando, estaba cambiando, renovando mis prioridades por otras que no valían la pena y poco podían aportarme. Algo de Guarnolfo tuve en aquel momento, y alejándome intenté observarme, pero sobre todo, indagar en los demás. Era un ciclo que no tenía fin, cuando se iba apagando, siempre aparecía una nueva polémica que realzara el fuego combatiente en nuestros ánimos.
Sólo, observando muy bien al otro, ESCUCHÁNDOLO, analizando cada una de las palabras que te dice y aceptando tus errores (quizás te lo digan de malas maneras, pero hay está el maldito error, en la boca del otro, listo para ser usado en tu contra, sin aportarte algún “crecimiento” y “aprendizaje” pero dispuesto a destrozarte la autoestima (claro, si tú te dejas)) es que se puede llegar al punto en el cual te puedas reír de tu propia estupidez.
De un tiempo para acá, mis obsesiones son ortográficas y gramaticales. Quiero mejorar eso, aún tengo muchísimas fallas, lo admito, y por eso intento ser muy dura conmigo misma en ese aspecto, al cual, nunca presté atención. Leo, leo y leo buscando los malditos errores y por más que leo siempre dejo unos en el aire. Leo a los demás y también indago mucho a modo de práctica (ya me lo señaló una persona a la cual le tengo mucho cariño) y es donde vuelvo al asunto de las críticas, ¿si yo tengo fallas, estoy calificada para señalar las ajenas? Por otro lado, me gustaría que otros me mostraran las mías, aquellas que se escaparon de mis ojos miopes, entonces, tiendo a pensar que los demás están en el mismo camino que yo, pero lo cierto, es que no todos van por el mismo sendero.
Las personas que de mal gusto utilizan mis errores o los de los demás como trofeos, a esas, nunca les tomaré en cuenta una “crítica constructiva” porque en el fondo eso es lo que menos desean, les gana el deseo de provocar interesantes experiencias, tampoco me molestaré (lo que no significa que sea yo una Teresita de Calcuta), porque es lo que hay, y pareciera que es el único modo en que desean relacionarse. Admitámoslo, al final es aburrido y nos deja un mal sabor en la boca, una sensación de que se pudieran lograr cosas mucho más divertidas por otros caminos.
Todos tenemos la propiedad de tomar lo que nos conviene y desechar lo inservible, no necesariamente nuestras conveniencias deban ser “favorables” pero si, de aquellas personas que desean lo mejor para nosotros, confiables, sinceras (cualidades, que solo el tiempo puede mostrar) dotadas de la capacidad de separar los sentimientos a la hora de marcar tus deficiencias, aunque eso signifique, hacer que descubras tu reflejo real ante el espejo.

