Hechizos II
Ella siempre vuelve a mí, tan llena de frío, pálida y vacía. Pertenecemos al rebaño de los desahuciados, a los que apuramos las consecuencias con una buena botella de rón. Me gusta verla mientras se lleva el vaso a la boca, frunce el ceño, y la aspereza del trago le hace recordar el caribe. Me gusta el que no tenga la manía de rellenar el silencio con conversaciones triviales.
En cambio, ella mira a la nada, callada, triste, resignada... tan hermosa. No creo que sea conciente de la belleza de su pelo danzando con el viento, ni de lo mucho que la amo algunas veces, cuando me besa y me acaricia lentamente, pasando sus dedos con suavidad por mi pecho, mis mejillas, mis labios. Le amo cuando me observa, y en ese instante veo reflejado mi desesperación en sus ojos. Y ella me mira con interrogación, pero calla. Entiende que la señal es sufiente, sabe que no le corresponde excorcisar mis miedos, que un abrazo lleno de calor es el mejor antídoto. Me quiere, le quiero, y no nos pertenecemos.
Luego nos vamos al bar de Juanches. Entrelazadas nuestras manos para no perder el equilibrio, nos reímos de todos. Y observamos los colores tan nítidos, la velocidad que envuelve nuestra lentitud, la alegría de nuestros disfrazes. Bailamos entre brumas y cinismos, estamos solos en la contienda.
Entendimos que sólo somos magos guerreros, luchamos contra la tristeza, peleamos para destruir nuestra desesperación. Hace tanto que vendimos la luz para alquilar una sonrisa, que no recordamos el significado de una carcajada sincera. Tampoco nos hace falta, los polvos mágicos son suficientes para luchar contra la vida. Una vida que no pasa, que es distante, sin recuerdos al finalizar. No sé si fue ayer, hace unas semanas, hoy... sólo recuerdo aquella luz roja, los frenos y un zumbido en el oido...

