lucero
Como cada mañana me levanto y con mi taza de café (y su chorrito de rón) salgo a observarla, ya no tengo aquellas energías, pero el amor que siento por ella sigue igual. Ese montón de tierra con olores a amaneceres, esa tierra que vió nacer a mis retoños, con la que me partí las manos abonándola, sembrando los frutos que recogería en un futuro. No hay palabra ni cursilería que pueda describir el sentimiento que ella me produce, lo feliz que me hace ir regando cada planta en compañia del sol y mi "pico", el respirar aire puro libre de smog y sin ruidos de automoviles.
Con alegría salía a vender todos los días al mercado mangos, yuca, tomates, cebollas... Siempre fuí un hombre feliz, con las manos duras , castrosas y las uñas llenas de mugre, pero feliz. Trabajé toda mi vida y tuve la suerte de hacer lo que más me gustaba, la agricultura. Hoy ya estoy viejo y desgastado, sigo trabajando pero las energías no son las de antaño, lo más triste es observar como los míos no confían en lo que hago, quizás mi muerte será el motivo de desagravios y disputas, y al final todos vendan su parte y confíen más en el dinero, la bolsa de valores o algún centro comercial atractivo, pero mientras yo siga vivo, nadie toca este pedazo de mi alma ¡caracha!



