¡Pura vida!
"Quiero estar
contigo en una playa azul
oyendo bosanova y tú
dejándote besar"
Dejé la mochila a un lado, y caminé con el gusto de sentir la arena caliente enredándose en mis pies. Después de varios días de vagar por ciudades desconocidas, por el puro placer de conocer y lanzarnos a la aventura, sorteando caminos y malandros, llegamos a una de nuestras metas: Playa Choroní.
Mi cuerpo sudado y cansado, me pedía un buen baño y un trago de rón. Ropas afuera me lanzé al agua, que me sorprendió por lo fría que estaba. Nadé un poco y me sentí tan feliz y relajada, como hace un buen tiempo que no lo estaba. Cerré mis ojos y floté hasta que comenzo a picarme el cuerpo producto del sol arrasante que me quemaba la piel.
Al salir, escuché los tambores y la multitud de gente que comenzaba a acercarse para disfrutar los contagiantes sonidos que invitan al baile sensual. Algunas parejas ya comenzaban a contonearse al son de la música, despertando el deseo entre ellos, mientras nosotros, algo alejados, disfrutabamos como expectadores del buen espectáculo. Los pies son indetenibles, así nunca antes hayas bailado, cobran vida y te arriman al juego, al centro de la improvisada pista.
El día acaba con un atardecer pintado de anaranjado y el mar... para que buscar adjetivos, todo el que lo ha vivido, no necesita de palabras, porque la mente así sea en el más profundo y helado frío, nos lleva hasta ahí, donde no hay fronteras, y leyendo una historia de alguien desconocido, el sabor de un buen rón lo sientes en la garganta, y la armonía de los tambores retumba en tus oidos, ves hacia los lados, te cercioras de que nadie te mire y comienzas a darle permiso a tus pies y danzar, así... con los ojos cerrados... ¡pura vida!


